El sol mañanero apenas asomaba sobre los verdes campos de Los Ríos, y el autobús escolar que serpenteaba por las carreteras rurales de Río Bueno estaba lleno del habitual bullicio de los estudiantes. Sentado en el asiento del conductor, el Profesor García, un hombre siempre impecable y con un amor inquebrantable por la literatura clásica, ajustaba sus gafas. En la parte trasera, un nuevo estudiante llamado Zolio, pálido y un poco desgarbado, observaba el mundo pasar con una extraña intensidad. Zolio, en realidad, no era un estudiante cualquiera. Era un zombie, pero no uno de esos zombies come-cerebros. Zolio era un zombie vegetariano, y su gran frustración era la falta de opciones verdes en el más allá.
De repente, un bache gigantesco sacudió el autobús. El Profesor García perdió el control por un segundo, y Zolio, con un grito gutural, salió despedido de su asiento. En un giro del destino, o tal vez del destino zombie-vegetariano, la cabeza de Zolio chocó directamente con la del Profesor García. Hubo un destello de luz verde, un zumbido agudo, y cuando el autobús finalmente se detuvo, dos figuras estaban sentadas en sus respectivos asientos, pero algo era diferente.
El Profesor García abrió los ojos, pero ya no eran los suyos. Eran los ojos nublados y un poco desorbitados de Zolio. Se llevó una mano a la cabeza y sintió su cabello, tan… normal. Zolio, por su parte, se levantó con un brinco, sus nuevos ojos detrás de las gafas impecables, con una expresión de absoluto asombro. “¡Por las lechugas sagradas!”, exclamó el “Profesor García” con la voz de Zolio. “¡Soy… humano! ¡Y estoy en un autobús lleno de jóvenes y tiernos… vegetales en potencia!”
El verdadero Profesor García, atrapado en el cuerpo de Zolio, se miró las manos pálidas y con manchas de tierra. Quiso hablar, pero solo salió un gemido. “¡Grr… argh…!”, intentó decir. “¡Mis libros! ¡Mi Horacio! ¡Mi Virgilio! ¡Están a salvo!”
Los estudiantes, que habían estado observando la escena con una mezcla de confusión y diversión, ahora se miraban entre sí. “¿El profesor acaba de hablar de lechugas?”, preguntó una chica. “Y el chico nuevo hace ruidos raros… ¿más de lo normal?”, añadió otro.
El “Profesor García” (Zolio) se levantó con entusiasmo. “¡Atención, alumnos! ¡Hoy es un gran día para la nutrición! ¡Olvídenlo todo lo que saben sobre carne! ¡Hoy hablaremos de la gloriosa espinaca! ¡La majestuosa zanahoria! ¡Y la incomparable… remolacha!” Los estudiantes se miraron perplejos mientras el profesor comenzaba a dar una apasionada y algo incoherente disertación sobre los beneficios de una dieta basada en plantas, gesticulando con sus manos que ahora eran extrañamente expresivas.
Mientras tanto, el “estudiante Zolio” (Profesor García) intentaba desesperadamente comunicarse. “¡Grr… argh… libros…!”, gemía, intentando señalar su mochila, donde sabía que estaban sus preciados tomos. Pero los estudiantes solo veían a un chico nuevo haciendo ruidos de zombie, lo cual, para ser justos, no era tan inusual en ese autobús.
El resto del viaje fue un caos delicioso. El “Profesor García” (Zolio) intentó convencer a los estudiantes de que cambiaran sus almuerzos por opciones más verdes, ofreciéndoles ramitas de perejil que de alguna manera había sacado de su bolsillo. El “estudiante Zolio” (Profesor García) finalmente logró arrastrarse hasta su mochila y sacó un ejemplar de la Eneida, intentando con sus gruñidos leer pasajes en latín a un público que solo se encogía de hombros.
Al llegar a la escuela, el director, un hombre acostumbrado a las excentricidades de su personal, observó al Profesor García (Zolio) saltando de alegría mientras señalaba un huerto escolar y al estudiante Zolio (Profesor García) intentando recitar poesía con un tono monótono y lúgubre. “Bueno,” murmuró el director, “parece que el Profesor García ha encontrado una nueva pasión… y el chico nuevo está teniendo un día particularmente… expresivo.”
Desde ese día, la escuela de Río Bueno nunca fue la misma. El “Profesor García” (Zolio) transformó la clase de literatura en un apasionado debate sobre la moralidad de comer animales en la ficción y en la vida real, y el huerto escolar se convirtió en el proyecto más importante de la escuela. El “estudiante Zolio” (Profesor García) se convirtió en una especie de mascota inofensiva, un zombie que gemía versos de Homero y que, a pesar de su aspecto, tenía un alma profundamente humana. Y aunque nadie sabía realmente lo que había pasado en el autobús, una cosa era segura: el intercambio de cuerpos había traído un aire fresco, y deliciosamente vegetariano, a las aburridas mañanas escolares.
¿Te gustaría saber cómo el "Profesor García" (Zolio) intentó introducir el tofu en el menú de la cafetería escolar?
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